Chopin.

06 octubre 2026

Cuando nací lloré.
Luego empecé a descubrir el mundo. Primero con mi olfato, luego con la vista y las manos, más tarde con mis piernas; y finalmente con el corazón.
Más tarde experimenté por primera vez el miedo cuando empecé a caminar, mis piernas frágiles y débiles no podían sostener mis ganas de salir corriendo y comerme el mundo.
También empecé a reconocer olores, el de mamá por ejemplo, que me transmitía seguridad y todo el amor del mundo se encontraba recopilado en sus brazos.
Pero fuí creciendo y creo que lo hice muy de prisa, esa es la naturaleza de todo ser humano.
Empecé a hacerme fuerte y valiente.

También llegaron las típicas peleas con mi hermana mayor, la admiraba y ella no se daba cuenta. Por eso quería que mamá me vistiera como ella, quería verme igual de bonita y que el mundo supiera que ella era mi hermana.
El mundo me forjó con un carácter algo fuerte, pero también el miedo que sentí desde mi niñez se fue intensificando cuando entré al colegio.
Los profesores empezaron a enseñarme las tablas de multiplicar, los diferentes tipos de células y sus partes, a leer, a decir buenos días en inglés. Pero mamá tuvo la ardua tarea de enseñarme valores morales, de enseñarme la buena educación de decir los buenos días al llegar al colegio, de dar las gracias y pedir un favor. Aunque tuve muy buenos profesores en el colegio tuve a la mejor maestra de la vida: mi mamá.
Pero mamá no era perfecta y yo era muy contestadora, por eso mamá recurría a otros métodos de enseñanza.  Pero no la juzgo, tampoco la culpo, eso también me ayudó a forjarme como la mujer que puedo ser ahora.
Mamá estaba pendiente que me bañara bien, que fuera al colegio,  que hiciera mis tareas, que saludara al pasar, que diera las gracias, que me alimentara bien y que me rodeara de buenas amistades.
Al pisar la adolescencia conocí mi primera menstruación y con ella los cólicos. Pero vaya que mamá aparte de ser mi mejor maestra de vida era también la mejor doctora del mundo.
Siempre tenía la medicina perfecta para cada dolor, incluso para los dolores del alma porque su medicina principal no era otra que el amor.
Mamá siempre fué mi gran orgullo, me enseñó a superarme sin importar la edad o las circunstancias de la vida.
Pero el momento había llegado, conocí a un chico y con él otro tipo de amor, eso aseguraba distanciarme de mamá para empezar mi nueva vida y formar mi familia, pero al final esa relación no llegó a ningún lado. Y los brazos de mamá nunca me faltaron, tampoco sus palabras de aliento al decirme que ese chico no valía pena y que ya vendría alguién mejor y como siempre sus palabras estaban llenas de sabiduría y amor.
Pero los años fueron pasando muy deprisa, yo crecí y mamá también lo hizo.
Ya no es tan fuerte como antes, ya no tiene la misma energía que tenía cuando jugaba conmigo y me hacía cosquillas para calmar mi llanto.
Ya le duele su cintura y sus piernas quizás de tanto pasearme mientras me mostraba el mundo con el que un día me tenía que enfrentar.
Ya mamá está envejeciendo y al igual que en mi niñez los años van corriendo, tal parece que me la quieren arrebatar.
Pero lo que mamá no sabe es que sigue siendo mi heroína, aunque ya no posea la misma fuerza y energía de antes ella para mi siempre será la persona más valiente del mundo y a quien yo amaré eternamente.
Mamá
Eres mi orgullo
Mi amor
Mi fuerza
Y mi eterno refugio.
Eres mi paz
Mi aliento
Mi consuelo
Y mi más bello regalo.
Te amo eternamente. Mamá

Pedro Pablo

Cuando alguien muere, no muere oculto, extraño, solo, porque su muerte nos salpica, y algo también muere en nosotros. Estamos hoy en este...