Aun siento como tus firmes manos se posaban sobre mis blancas palomas, acariciando mi piel cual suave terciopelo y en mi cara tu aliento que me quemaba, y bebías con avaricia mis besos.
Tus manos seguían la senda de mi desnudo cuerpo y desembocan en los oscuros rincones de mis deseos, y allí, cual firmes centinelas del mayor tesoro que poseo, y cual ladronas de cuento, se apoderaban de mi voluntad de
hierro. ¡Estuvimos así durante mucho tiempo, tú hiciste que me olvidara del mundo, que ya nada importara en mi pensamiento, por ti, me dejé robar hasta el último suspiro, y así te convertiste en mi dueño.
Algunas de las 364
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