No existe el tiempo de silencios breves sólo el vértigo del jadeo sufriendo lo indecible, en el simultáneo juego de mirarse sin los ojos, de buscarse sin tocarse, de pensarse por el aire para olerse. No existe el tiempo en el palpitar de nuestros cuerpos dementes, atornillados, demoliendo en cada embestida un gran hervidero de alas hasta el núcleo del roce. Diseccionando con exactitud cada gesto para enfrentarnos cara a cara con la atracción de esta dulce y obscura pasión, confesándonos los pensamientos más impuros más allá de la articulación insinuante de las bocas que arden de sequedad por gemir, sentir y no poder decir sufrir por sentir cuando la mente traiciona y se pierde ante la sierpe provocadora y yo, sin poder reaccionar inmóvil, perdida, tan sólo suspiro, y tu te detienes a sostener el aliento en el precipicio de mi boca mientras me sientes morir bellamente en tus oídos, pero agitada y tan viva ante tus ojos.
Algunas de las 364
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