La espesura de la noche esconde entre su negro manto, sueños que atraen con indefinidas formas y siluetas difuminadas, es el encanto de lo prohibido, la tentación latente del éxtasis desplegado cuando se posa sobre nuestros cuerpos. El sentir excitado, trazado en el desliz, piel sobre piel, que nos eriza al primer leve contacto y nos lleva a descubrir más allá la magia dulce en caricias vestidas de erotismo que por el aire llegan. Caricias destinadas con suave encanto a cada poro que suspira infranqueable a otras manos y que en nosotros caen como seda, buscando apagar y avivar al mismo tiempo la sed que emana de nuestros anhelos y se convierte en el objeto de nuestro deseo. Ese deseo hecho eco en el estremecimiento que se multiplica, siendo rumor que nace en las entrañas y se hace ganas ebullendo cuando el instante se vuelve descontrol pasional de dos, un luminoso momento en que nuestras bocas se reconocen y buscan ser demora, para no abandonar el aliento de los besos que a los labios se adhieren para clamar sin cordura la danza lingual donde la espera continuamente se diluye, desplegando amplias alas envueltas en sutil aroma que como brisa penetra provocando la reacción de nuestros sentidos que viajan entre nubes escarchadas de blanca espuma, para morir y renacer juntos al son de las caderas humedeciendo la mañana o haciendo la noche cálida.
Algunas de las 364
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