Los crié sola. No como metáfora ni como relato heroico: sola de verdad. Sin respaldo, sin relevo, sin alguien que tomara el control cuando yo no podía más. Todo recayó sobre mí. Y aun así, seguí.
No me pidan ahora que explique cada carencia como si hubiera sido una elección. No lo fue. Fue el resultado directo de una ausencia que ustedes prefieren no mirar. Es más fácil señalar a quien estuvo que enfrentar a quien no estuvo nunca.
Reclamar desde el lugar del que recibió es cómodo. Juzgar a quien sostuvo todo es injusto. No hubo abandono de mi parte. Hubo límites. Y esos límites los cargué yo sola.
No me deben gratitud ciega. Pero sí honestidad. Y la honestidad empieza por reconocer que si hoy están de pie, no es por milagro ni por mérito ajeno. Es porque alguien no se fue cuando habría sido más fácil hacerlo.
Dejen de castigar la presencia. Dejen de romantizar la ausencia. Porque eso no los hace libres ni fuertes. Solo los vuelve ingratos.