Chopin.

25 enero 2026

COHERENCIA

 Señor Presidente electo,


El nombramiento de autoridades de gobierno no es un gesto simbólico ni una concesión política. Es una decisión estructural que define estándares éticos, fija límites claros y comunica, sin ambigüedades, qué conductas son aceptables para ejercer poder en nombre del Estado. Por esa razón, quienes acceden a cargos ministeriales deben exhibir una trayectoria personal y pública que resista el más alto escrutinio ciudadano.


Usted ha construido su liderazgo político sobre un discurso de orden, autoridad, consecuencias y rectitud moral. Ha sido enfático en señalar que el país necesita reglas claras, sanciones efectivas y autoridades que den el ejemplo. Ese discurso genera expectativas legítimas y eleva, de manera inevitable, el estándar al que deben someterse sus decisiones. La coherencia entre palabras y hechos no es opcional: es una obligación política.


En ese marco, el nombramiento de Natalia Duco como autoridad de gobierno resulta incompatible con los principios que usted declara defender. Su suspensión por dopaje es un hecho objetivo, acreditado y de conocimiento público. No se trata de una interpretación ideológica, ni de una polémica artificial, ni de un juicio personal. El dopaje constituye una falta grave que vulnera principios básicos de honestidad, igualdad de condiciones y respeto por las reglas. Son exactamente esos principios los que se supone deben guiar la acción de quienes ejercen funciones públicas.


Lejos de atenuar este antecedente, el hecho de que provenga del deporte de alto rendimiento lo agrava. El deporte de élite se sostiene sobre la confianza pública y el juego limpio. Cuando esa confianza se rompe, el daño es profundo y duradero. Pretender que un antecedente de esta naturaleza carece de relevancia para un cargo ministerial implica relativizar valores que, en otros contextos, usted mismo ha exigido con dureza y sin matices.


Mantener este nombramiento envía una señal inequívoca y preocupante a la ciudadanía: que los estándares éticos son flexibles, que existen dobles criterios según la conveniencia política, y que el discurso de rectitud puede ser ajustado cuando incomoda. Esa señal no solo debilita la credibilidad de su futuro gobierno, sino que instala desde el inicio una contradicción profunda entre lo prometido y lo practicado.


Este reclamo no busca una descalificación personal ni una condena permanente. Es una exigencia institucional y ciudadana. Gobernar no es solo imponer autoridad; también es asumir responsabilidades, reconocer errores y corregir decisiones cuando estas no cumplen con los estándares mínimos que se exigen a quienes administran el poder.


Por estas razones, corresponde una rectificación inmediata y explícita. La permanencia de Natalia Duco en un cargo ministerial no es sostenible desde el punto de vista ético ni político. Su remoción no debe entenderse como una concesión a la presión pública, sino como una decisión coherente con el discurso de orden, consecuencia y autoridad que usted ha levantado como eje de su liderazgo.


Persistir en este nombramiento, pese a los cuestionamientos fundados y evidentes, solo confirmará que el discurso moral es selectivo y que la exigencia ética no es real, sino retórica. La ciudadanía tomará nota de ello desde el primer día.


La ética pública no admite excepciones convenientes ni justificaciones posteriores. La autoridad se ejerce con el ejemplo, no con consignas. Rectificar no es retroceder: es gobernar con coherencia


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Además ella como ministro del deporte de Chile -como todos los ministros del deporte- formará parte de la “Agencia Mundial antidopaje” creada el año 1999, con sede en Canadá.


Por otro lado Chile está postulando a los Juegos Olímpicos Juveniles.

……….?

22 enero 2026

Sólo no ser olvidada.

 Hay padres y madres que lo dan todo. No porque les sobre, sino porque entienden que su responsabilidad es proteger, alimentar y sostener, incluso cuando hacerlo implica renunciar a sí mismos. Trabajan sin descanso para que a sus hijos no les falte nada o, al menos, para que les falte lo menos posible. 

Muchas veces lo hacen solas, cargando con una ausencia que no eligieron: la de un padre que no asumió ningún compromiso con su familia.


En ese esfuerzo silencioso se va la vida. Se posterga el descanso, los sueños, la tranquilidad. Se aprende a resolver sin ayuda, a no quejarse, a seguir adelante aunque duela. Todo se justifica con una sola idea: que los hijos estén mejor.


Con el tiempo, sin embargo, llega una realidad difícil de aceptar: la ingratitud. Hijos que crecieron con sacrificio, pero que no reconocen el esfuerzo. Que reclaman, exigen o juzgan sin mirar el camino recorrido. Que dan por hecho lo que costó años de trabajo, cansancio y soledad.


La ingratitud duele más cuando viene de quienes fueron la razón de todo. No se trata de pedir recompensas ni obediencia eterna, sino de algo básico: respeto, memoria y conciencia. Reconocer que nada fue gratis, que alguien estuvo ahí cuando otro decidió no estar.


No todos los hijos son ingratos, pero cuando lo son, dejan al descubierto una herida profunda. Porque quien dio todo no espera aplausos, sólo  no ser olvidada.

Sólo verdad.

 No  escribo como esposa ni como víctima. Escribo como quien hizo tu parte mientras tú mirabas hacia otro lado.


No fuiste arrastrado por las circunstancias. Te corriste. No te equivocaste: abandonaste. Y lo hiciste con una constancia que no deja dudas. Años sin compromiso no son un descuido, son una decisión.


Mientras yo me desgastaba resolviendo lo básico, tú te reservabas el derecho a no responder por nada. No estuviste en lo difícil, pero tampoco en lo simple. No estuviste, punto.


El daño no fue solo económico ni emocional. Fue estructural. Porque obligaste a otros a vivir con menos para que tú vivieras con más: más libertad, menos responsabilidad.


Además de todo esto, me golpeabas.

No por errores. No por discusiones. No por tensión ni por desbordes.

Me golpeabas porque querías. Porque podías. Porque te daba placer ejercer poder.


Durante mucho tiempo no lo vi así. La manipulación funciona de ese modo: te convence de que fallaste, de que mereces el castigo, de que el golpe es una consecuencia y no una elección. Pero no había causa ni excusa. No era reacción ni disciplina. Era violencia deliberada.


No espero arrepentimiento. Llega tarde y no cambia los hechos. Esto no es un pedido ni un diálogo. Es un cierre.


Fallaste. Yo cumplí.

Y la verdad no necesita tu aprobación para ser dicha.


Aquí termina.

No hay reconciliación forzada, no hay moraleja. Solo verdad puesta en palabras.

Aquí va. Sin filtro. Al límite.

Los crié sola. No como metáfora ni como relato heroico: sola de verdad. Sin respaldo, sin relevo, sin alguien que tomara el control cuando yo no podía más. Todo recayó sobre mí. Y aun así, seguí.

No me pidan ahora que explique cada carencia como si hubiera sido una elección. No lo fue. Fue el resultado directo de una ausencia que ustedes prefieren no mirar. Es más fácil señalar a quien estuvo que enfrentar a quien no estuvo nunca.

Reclamar desde el lugar del que recibió es cómodo. Juzgar a quien sostuvo todo es injusto. No hubo abandono de mi parte. Hubo límites. Y esos límites los cargué yo sola.

No me deben gratitud ciega. Pero sí honestidad. Y la honestidad empieza por reconocer que si hoy están de pie, no es por milagro ni por mérito ajeno. Es porque alguien no se fue cuando habría sido más fácil hacerlo.

Dejen de castigar la presencia. Dejen de romantizar la ausencia. Porque eso no los hace libres ni fuertes. Solo los vuelve ingratos.

COHERENCIA

  Señor Presidente electo, El nombramiento de autoridades de gobierno no es un gesto simbólico ni una concesión política. Es una decisión es...